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Liobaní: Yo aconsejo. Y tú, ¿lo aceptas?

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Disponibilidad: En existencia

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Preciosas narraciones de animales y seres naturales para los niños e ayudas muy prácticas para los padres como apoyo para que puedan guiar a sus hijos a una vida en unidad con la naturaleza y con sus semejantes. Ayudas para temas como: cuando el niño está enfadado y triste y los padres buscan las causas; cuando los padres se pelean; cuando el niño tienen problemas en la escuela; o cuando los padres se sienten inseguros.

Liobaní: Yo aconsejo. Y tú, ¿lo aceptas?

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Detalles

533 págs
ISBN: 978-84-8251-079-8
ID del producto: s120es

Liobaní I - para padres y niños desde el nacimiento a los 6 años.

Liobaní II - para niños y jovencitos desde los 6 a los 12 años.

Liobaní III - para jóvenes de 12 a 18 años.

Prueba de lectura

De la narración "El corcino"

«También yo he vivido algo muy hermoso, cuando recorría el bosque de la mano de “Juan-Amoroso”, el hijo de mi vecino. También nosotros caminábamos de mañana por la reserva para visitar a algunas familias animales. Mientras caminábamos tranquilos y atentos, emitimos nuestros finos sentidos para sentir dónde se necesitaba ayuda. Entonces escuchamos un lamento en la lejanía.
Nos guiamos siguiendo nuestros sentidos y percibimos los lamentos que salían de un tupido matorral. Allí yacía el corcino “Amor-de-Mamá” que gemía de dolor. Le dijimos: “Querido corcino Amor-de-Mamá, te traemos el saludo del sol. ¿Qué ha sucedido?”. De las sensaciones del corcino comprendimos que de madrugada estaba paciendo. De pronto escuchó disparos.
Aún torpe, como es natural, quiso huir donde su madre, pasando por encima de piedras y desigualdades del terreno. Pero el corcino tropezó con una roca, de forma que ahora le dolía mucho el pie.

Juan Amoroso examinó el pie con más atención y comprobó que estaba roto. ¿Qué hacemos ahora?, dijo Juan Amoroso. “Una pierna así de rota ha de ser vendada o incluso entablillada. Cierto que podemos incrementar en los rayos del sol las fuerzas que alivian y sanan, dirigiéndolas a Amor-de-Mamá; pero para sanar huesos rotos se necesita la ayuda de un ser humano”.

“¿Qué hacer?”, le dije yo a Juan-Amoroso.

Juan-Amoroso reflexionó y dijo: “«He recibido la solución”.

Un guardabosque recorre a menudo esta zona. Sabemos que es muy amante de los animales y que ha ayudado ya a muchos de ellos. Lleva siempre una manguera consigo”.
Juan-Amoroso se refería con ello a una venda firme. Este la ha colocado ya a menudo a los animales, especialmente a los corzos, para vendarles una pierna.

“Él no suele andar por aquí tan temprano. Por eso recojamos primero en nuestras manos los primeros rayos del sol. Con nuestras sensaciones de amor al Espíritu creador incrementamos los rayos del sol en nuestras manos, y los transmitimos a Amor-de-Mamá para aliviar los dolores”».

Y así sucedió también:

La pequeña sílfide Acompáñame y el duende Juan-Amoroso abrieron sus manos para acoger los primeros rayos de sol.

Rezaron al Dios creador pidiéndole fuerza y ayuda para el corcino Amor-de-Mamá, y dirigieron los rayos sanadores al cuerpo del corcino.
«Al poco rato», contó la sílfide Acompáñame, «volvieron a brillar los ojos del cervatillo. Los dolores más grandes ya habían pasado.

Entonces Juan-Amoroso dijo: “Pequeña sílfide, tú te quedas con Amor-de-Mamá y yo iré en busca del amable guardabosque”.

Juan-Amoroso pidió ayuda a un espíritu del fuego diciendo:

“Juntos guiaremos al guardabosque hacia Amor-de-Mamá”. Juan-Amoroso acarició al corcino y me acarició también cariñosamente el cabello a mí, la sílfide Acompáñame, diciendo: “Puedes confiar en mí, querida sílfide”. Mi corazón rebosó de alegría y dije: “Juan-Amoroso, sé que traerás ayuda”.

Juan-Amoroso salió del matorral.
En su corazón irradiaba el brillo del sol de la mañana incipiente. Él no tenía que reflexionar a dónde tenía ahora que dirigirse y buscar».
Querido niño humano, has de saber que cuando el corazón está pleno de amor, los seres y las personas son conducidas por la fuerza del amor, y experimentan muchas cosas hermosas y buenas.

Juan-Amoroso escuchó en su corazón al espíritu del fuego: «Juan-Amoroso, he recibido tu llamada de auxilio. Delante de ti, un rayo del sol centellea en una flor. Esta brilla en tu corazón».

Juan-Amoroso vio la flor ante sí, y al mismo tiempo sintió en su corazón que la flor le indicaba el camino donde él encontraría al guardabosque. Cuando Juan-Amoroso contempló la flor, esta inclinó su cabecita. Entonces Juan-Amoroso supo en qué dirección había de encaminarse.

También un espíritu del aire vino en su auxilio, soplando la flor, de forma que su cabecita le indicó la dirección en la que Juan-Amoroso tenía que caminar.

En su camino se encontró una y otra vez con la misma clase de flor. Una y otra vez una flor inclinaba su cabecita indicándole el camino a seguir.

Naturalmente que era el espíritu del aire el que le indicaba el camino a Juan-Amoroso a través de las flores niñas.

De pronto Juan-Amoroso se detuvo.

Escuchó pasos firmes; el suelo del bosque vibraba. ¡Era el guardabosque!

Ahora había que conducir al buen hombre, que caminaba pensativo, al matorral donde se encontraba el corcino Amor-de-Mamá.
Mientras el guardabosque fuese por el camino correcto hacia el matorral, todo iría bien.

El duende Juan-Amoroso caminó junto a él, siendo muy pequeño en comparación con el hombre tan grande. Pero el corazón de Juan-Amoroso estaba lleno de amor, y su ser poseía la grandeza interna, el altruismo por ayudar donde se necesitara ayuda.

El guardabosque se detuvo y cambió de dirección.

Juan-Amoroso dirigió su sentido del corazón hacia los sentidos del guardabosque, pero este no reaccionó.

Entonces Juan-Amoroso llamó al espíritu del fuego.


“Ya estoy aquí“, dijo este, haciendo que de costado, a la izquierda del guardabosque, un rayo de sol brillara con mucha claridad.

El guardabosque miró admirado hacia la izquierda y siguió su camino.
Juan-Amoroso volvió a emitir un impulso de auxilio que le animó a mirar si todo estaba en orden. Al mismo tiempo el espíritu del fuego reforzó un rayo de sol que se reflejó sobre un vidrio, el cual empezó a emitir destellos luminosos.

El guardabosque se dijo para sí: “Vaya, ahora sí que tengo que mirar qué hay allí. Eso podría provocar un incendio forestal“.

Retrocedió y siguió el camino que conducía al matorral. Encontró el vidrio, lo recogió, lo metió en el bolsillo y siguió adelante.

Mientras Juan-Amoroso se ausentó para buscar ayuda, la sílfide Acompáñame se quedó con el corcino Amor-de-Mamá. También la sílfide emitió sensaciones de paz y tranquilidad hacia la madre del corcino.

Amor-de-Mamá sentía dolores una y otra vez.
Cuando llegaba una ola más intensa de dolor, el pequeño corcino emitía una llamada en voz alta. Eso sucedió precisamente cuando el guardabosque quería pasar de largo.

Él se detuvo: “¿Qué ha sido eso? Ha sido el grito de un corzo“, pensó. “Tiene que ser muy cerca de aquí. Allí se mueve algo“.

Amor-de Mamá percibió al guardabosque, quería levantarse y salir corriendo; pero se desplomó, pues no podía sostenerse de pie. Atemorizado, latiéndole el corazón, se quedó tumbado, cuando el guardabosque se arrastró por el matorral, acercándose lenta y cuidadosamente.

El bondadoso corazón del guardabosque se estremeció al ver yacer al hermoso corcino. Le dirigió palabras de consuelo y se dirigió con cuidado hacia el pequeño corzo que se inquietaba cada vez más, pero no podía levantarse.

El guardabosque se dio cuenta pronto de la situación en la que se encontraba el corcino. Sacó de su bolsillo la “manguera“ de la que había hablado Juan-Amoroso, la venda firme, y buscó palitos de madera adecuados que sirviesen de soporte a la pierna. Y los en-contró también, ya que la sílfide y el duende ayudaron lo mejor que pudieron.

El guardabosque entablilló la piernita y la envolvió firmemente con la “manguera“. Al corcino esto no le gustó, pero la sílfide Acom-páñame y el duende Juan-Amoroso se lo explicaron. Entonces se quedó quieto.

Cuando la piernita quedó entablillada y vendada, el guardabosque levantó al corcino Amor-de-Mamá, pero este no podía aún sostenerse de pie. Se derrumbó y volvió a yacer sobre las ramas, que ya tenían una forma ahondada. El guardabosque examinó si su vendaje quedaba bien firme. Acarició la piel del corcino susurrando: “Quédate aquí tendido, no te sucederá nada malo. En esta zona no hay zorros. Al atardecer volveré a visitarte. Si aún estás aquí, te llevaré a mi cabaña del bosque“. Y se marchó».

La pequeña sílfide siguió contando:
«Juan-Amoroso y yo reforzamos una y otra vez los rayos de sol y condujimos sus fuerzas sanadoras hacia la pierna rota. Al mismo tiempo enviamos sensaciones de amor que emitían señales de auxilio. De esa manera, a través de un espíritu del aire y de un espíritu del fuego, se pudo llegar a la madre del corcino que buscaba a su hijo. El espíritu del aire y el espíritu del fuego guiaron a la madre corza al matorral donde ella encontró al corcino. La madre corza consoló a su hijo corcito y se tumbó junto a él. Lo lamió con la lengua, lo acarició por la espalda con su lengua, le lamió cariñosamente las orejas y de esta forma le regaló amor y acogimiento.
Querido niño humano, has de saber que las sensaciones de amor desinteresado son el lenguaje de los animales, de las plantas, piedras y de los seres elementales. Todas las formas de vida espirituales están unidas entre sí por medio de sensaciones altruistas de amor.
De esta forma la madre corza cuidó a su hijo amorosamente durante algunas horas, luego se levantó y le mostró a su hijo corzo que debía ponerse de pie y caminar con ella. Amor-de-Mamá quiso levantarse, pero se caía una y otra vez. La madre corza se dirigió una y otra vez amorosamente a Amor-de-Mamá emitiendo hacia él sensaciones que decían: “Apóyate sobre las tres patitas, balanceándote con la cuarta“.

Después de algunos intentos, el corcino se levantó y se fue cojeando detrás de la solícita madre que lo llevó a buen resguardo, a la guarida de la familia de corzos Salta-Campos, a la que pertenecía Amor-de-Mamá. Esta se encuentra oculta en un gran matorral, bajo un árbol. Su ramaje cuelga protector sobre la cavidad, sobre la que hay mucha hierba y hojarasca. Juan-Amoroso y yo acompañamos a la madre corza y a su hijo. En la madriguera había otro corcino que se alegró de que Amor-de-Mamá hubiera  regresado. Le hizo sitio y calentó a Amor-de-Mamá con su cuerpo. Grande fue la alegría en la guarida de los corzos, porque Amor-de-Mamá había sido hallado y la madre podía quedarse ahora con sus hijos protegiéndolos».

Índice


- Educar para formar personas libres, responsables de sí mismas
- Luz y sombras en el alma y el hombre
- Los pensamientos, los entes invisibles
- Las encarnaciones del alma
- Solo las almas traspasadas por la luz perciben las esferas de irradiación más elevadas
- Cada cual tiene un estado de consciencia diferente
- La escuela espiritual y la terrenal
- Llegar a ser una persona útil y de provecho
- Lo que haces a tu prójimo, te lo haces a ti mismo    
- Reconocer a tiempo las aptitudes y los talentos, las dificultades y los problemas
- Educar hacia una forma de pensar positiva
- Cuando los padres se pelean
- El muñeco de peluche favorito, la muñeca preferida
- Los ayudantes invisibles, los seres de la naturaleza y los espíritus elementales, su camino de evolución, su aspecto y actuación
- Los espíritus del aire
- Los espíritus del fuego
- Actuación conjunta de los ángeles protectores y de los seres de la naturaleza
- Los espíritus del agua
- El final del día en la familia
- La mañana
- El niño en edad escolar
- La ley de Siembra y cosecha
- La hora de clase
- El juego de los sentidos
- El juego para instruir la concentración
- Juegos para reconocerse
- Los espíritus elementales
- Los espíritus del bosque
- La sílfide «Plácida» cuenta
- Zorro-Listillo
- El corcino
- El petirrojo
- La danza del sol: una danza de oración de los espíritus de la naturaleza    
- Para los padres
- Balance en el libro de la vida
- Aptitudes para la futura profesión
- El joven adolescente
- Ser modelo ejemplar en lugar de ser autoritario
- Experiencias y decisiones propias
- Aptitudes, talentos y cualidades
- Encontrarse a sí mismo
- Tomar las medidas necesarias
- Altruismo
- ¿Quién es Liobaní? – Los seres espirituales
- El espíritu de la montaña

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